"Tragar saliva. Quiero decirte que me matas pero sin ti no sé vivir. Caja de contradicciones que llamé amor y que se convirtió en la traición más grande contra aquella chica que se enamoró de ti y se prometió que esta vez sería distinto. ¿Distinto respecto a qué? Me encerré entre tus brazos e incluso cuando me soltaste me quedé ahí, aferrada a tu pecho apretando los ojos. Respirándote. Buscando tu calor porque no tienes idea del maldito frío que significa la soledad.
Acaricié tus miedos y los enterré en mi piel para que nada te lastimara. Siempre he querido ser la heroína de mis cuentos y no me di cuenta de que me usabas como escudo protector. Dejaste que todos los golpes llegaran contra mi cuerpo y desperté un día cubierta de tinta violeta. Te convertiste en droga y me dejaste perderme en la embriaguez de pensar que me querías.
Porque si me querías todo lo demás se anulaba. Porque cuando me quisiste me anulé. Eras tú. Tú. Tú. Tú, siempre tú. Rimando con todo. En mis letras atrapado. En mi cama envuelto. En mis días tejido. No había espacio para mí en la vida que llegaste a ocupar.
Así que te respiro con fuerza una última vez. Beso tus labios y cierro los ojos. Ya no estoy aferrada, pero puedo sentir tu vacío en los dedos que te apretaron con fuerza. Te dejo ir, aunque nunca te terminas de marchar. Te dejo ir y veo a una chica cansada volver a mi cuerpo mientras me da las gracias. Me reconozco finalmente."
—Paola E. Haiat