Meses de amores fracasados, de vueltas al espejo, de un “posición de tabla” y “posición pirámide” desde una computadora que te enseña pilates. De escritos que no verán nunca la luz, de novelas inconclusas y pláticas a las tres de la mañana con amigas que te arroparon cuando te confesaste perdida. Decenas de mensajes de texto que no debiste enviar, pero que volaron a destinos equivocados -y a veces no tanto-. Palabras que debiste haberte tragado, que en realidad estás orgullosa de haber sacado. Meses de reconocer fracasos en una vida acostumbrada a mirar siempre hacia al frente con determinación.
Videollamadas porque no queda de otra, vino tinto barato y tardes cocinándote que terminan en noches de películas malas -pero ¿a quién no le gusta no pensar de vez en cuando?-. Llantos inesperados que no se detienen incluso cuando un segundo el reloj marca las tres de la mañana y después son las cinco. Ojeras. Tés para dormir. Tu cabeza que no te para de preguntar si tal vez podrías hacerlo mejor. “No, no podemos dar más”, le respondes. Pasar días enteros en cama, arrastrar los pies solo a tomar agua.
Sonreír, porque te enseñaron a hacerlo, ya no es la respuesta. Decir que todo estará bien tampoco. Pasos de tortuga, te dices cada mañana cuando suena la alarma que no deberías poner pero que te da la sensación de tener el control de algo. Café bien cargado sin azúcar. Un chongo porque estás aprendiendo a amar la maraña de pensamientos y cabello que tienes en la cabeza. Triunfos pequeños en las cosas simples. Medios suspiros que te recuerdan más a tus sonrisas reales.
Un poquito cada vez, tanteando el terreno, porque no te diste por vencida incluso cuando, lo juro, era lo más fácil. Estás en el ruedo y te has puesto la ropa más bonita de tu closet mientras quieres recordarte como quien fuiste, aunque sabes que ya no estás más ahí.
[…] Te extrañas y te haces un funeral.
Lo vuelves a intentar.
Va a funcionar esta vez. Y, si no, cariño, lo habremos intentado. Intentar también es, de alguna forma, ganar(te).


