martes, 26 de abril de 2016

Todo empezó ahí, en la oscuridad de mi habitación.
Recuerdo lo molesta que estaba conmigo misma, y con el mundo.
A mis quince años, en lo único que podía pensar, era en cómo hacer para que dejaran de burlarse de mí. 
Y no entendía por qué lo hacían, o por qué les causaba tanta gracia decirme esas cosas.
Quizás fuese muy inocente, quizás porque no hacía lo mismo que ellos. Quizás porque no me veía como ellos. 
¿Y qué culpa tenía yo de todo eso? 
Quiero creer que nunca hice nada para merecer eso, quiero pensar que siempre fui buena con la gente, que nunca pensé en nada que pudiese lastimar a los demás. 
Pero... ¿y si realmente me lo merecía?
Pensamientos confusos me enredaban y perseguían todas las noches.
Decidí que estaba harta de las cosas en las cuales pensaba, en las voces que recorrían mi mente.
Decidí que mi dolor tenía que dejar de ser mental, psicológico. Decidí que tenía que ser físico, para poder dejar de pensar en esas cosas, y mantenerme distraída el tiempo suficiente como para no pensar.
Y sí, quizás fue una de las peores decisiones que haya tomado en toda mi vida.
Tal vez nunca debería haberle sacado las hojas a la gillette.
Tal vez nunca debería haber pasado esa hoja sobre mi piel.
Tal vez nunca debería haberme gustado esa sensación de dolor, pero alivio al mismo tiempo.
Tal vez nunca debería haber disfrutado de ver correr la sangre por mis brazos o piernas.
Tal vez nunca debería haber hecho tantos cortes, los cuales ahora están grabados para siempre. 
Tal vez no debería haberlo hecho durante tanto tiempo. 
Tal vez no debería haber dejado de comer por tantas horas.
Tal vez no debería haberme gustado esa sensación de estar vacía, porque no comí nada en todo el día.
Tal vez no debería haber fingido que comía, o comer e inmediatamente haber ido al baño, a vomitarlo.
Tal vez debería haber buscado ayuda antes. 

El tema es, que en ese momento, no pensaba que estaba mal. Sólo quería desahogarme conmigo misma, por sentirme tan mal. 

Y quizás, tan sólo quizás, algún día pueda superar todo esto. Mirarme a un espejo y no ponerme a contar los defectos que tengo uno por uno, no sentir que todo lo que me pongo, me queda como el orto, y así millones de cosas más. 
Pero sin embargo, algunas veces creo, que nunca voy a poder.

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