Y si ya lo sabía, ¿por qué lo hice?
¿Por qué pensé que esta vez iba a ser diferente, que no me iba a doler?
Era más que obvio que no tendría que haberme metido en algo así, pero claro, ¿quién le avisó eso al tonto de mi corazón?
Bueno, en realidad mi mente se lo venía diciendo hace rato, solo que prefirió ignorarlo. Creer en algo casi imposible. Y así me fue.
Tal vez debería aceptar que esto no es para mí. Que no sirvo para enamorarme.
Y es que claro, justo en el momento en que todo va bien, algo tiene que pasar.
Creo que lo que más me duele, es haber realmente hecho el esfuerzo de aprender, de cambiar, de adaptarme a algo que ni siquiera se me cruzaba por la cabeza.
Y de verdad lo intenté, creo que lo sigo intentando. Es que simplemente no puedo entender algunas cosas.
¿Por qué tiene que ser tan difícil? ¿Por qué si dos personas se quieren, tienen que sufrir tanto?
Pero bueno, al final del día, la que se queda sola soy yo, como siempre. Porque al fin y al cabo, nunca pongo mis sentimientos por delante de los demás.
La maldita ironía de ser una persona tan empática, ponerse siempre en el lugar del otro, pero que nunca nadie se ponga en tu lugar.
Yo entiendo todo siempre, pero nadie me entiende a mí. Siempre igual.
Ojalá pudiera ser un poco más orgullosa, un poco más egoísta, más fría incluso.
Ojalá nada me importara, nada me hiciera mal, nada me doliera de la manera en que lo hace.
¿Qué es lo que hace falta para darme cuenta de que al final, nunca soy a la que eligen?
Siempre termino siendo la última opción, para todo.
Qué difícil ver la luz al final del camino, cuando hay tantos pozos que te hunden y no te dejan caminar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario